sábado, 2 de septiembre de 2017

A VECES ESCRIBO





                                                  "A veces escribo para que no se me olvide"
                                                                                            Juvencio Valle   


El siguiente paso tras vivir y sentir cualquier momento de tu vida es retenerlo en la memoria como principal testigo de tu historia. Y yo, que a veces escribo, quise dar forma a mis recuerdos más emotivos materializándolos en palabras, no sé si para no olvidarlos nunca o para que ellos nunca olviden que yo fui su actriz principal. 

Así fui llenando mi cuaderno con el eco de las párvulas risas en aquellos veranos de aguas transparentes y cielos estrellados, de cómplices lunas y juegos de niños en el patio del colegio. He vaciado los cajones donde se me apilaban los olores, los besos, las riñas, el frío, los te quiero que nunca dijimos y los abrazos que nos dimos. He sacudido las alfombras y desempolvado añejas historias de amigas para toda la vida con fecha de caducidad. Retrocedí las manillas del reloj y regresé a mis calles y mis fotos en blanco y negro para reconocerme en la mirada oscura de una niña de ojos tristes, media sonrisa y tirabuzones en las coletas. Recuerdos que siempre dejan un regusto dulzón y amargo en el cielo de la boca. Dulzura, añoranza y alguna decepción. 

Y he vuelto a ser feliz recordando que lo fui.

Pero también tuve la necesidad de vaciar en una página en blanco todo lo que me pellizcó el alma y lo que me la besó, lo que me decepcionó, lo que me erizaba la piel, mis contradicciones y mi mejor versión, lo que empuja a una lágrima para saltar al vacío derramando recuerdos por las mejillas, y lo que me dolió hasta romperme la vida en dos. Tormentas que estallan por dentro buscando certezas y que sólo encuentran respuestas veladas cuando llega la calma. Y momentos en que no fui capaz de destilar por los dedos lo que me bullía en el envés de las entrañas. Qué desalentador necesitar una frase precisa que nos haga sentir que la sangre sigue corriendo y comprobar que por más malabares que hagas con las sílabas no acaban de encajar en la pirámide.

Cuando el corazón me estalló en mil pedazos sólo tuve una herramienta para repararlo, la palabra. Me convertí en un lanzador de cuchillos, asaeteé cada página de mi cuaderno lanzando palabras envenenadas a una diana imaginaria para vaciar el dolor que me recorría las entrañas letra a letra, a la vez que sentía cómo se recomponía mi corazón a golpe de metáforas. 

Textos que resultaron ser terapéuticos para mi alma. 

Entonces no me importaba nada, ni siquiera ser víctima de la incomprensión o la crítica por la oscuridad, la hiel, el peso plúmbeo de mis palabras. Me hice un ovillo y anidé en el rincón más oscuro de un callejón que parecía no tener salida. Nada de luz, ni colores ni horizonte a lo lejos, ni siquiera el eco de las risas de antaño. Me ahogaba en el lodo y al menos chapotear en él me permitía seguir respirando. Andaba perdida en una selva negra de la que sólo podía salir a machetazos, aunque a veces las palabras se rebelaron contra mí dejando mi espalda llena de arañazos. 

Hay quien llora para aliviar su dolor, y yo, a veces, escribo.

Escribir era mi medicina, el pegamento que unía las piezas de mi corazón, mi catarsis, mi alivio, mi placebo, mi tirita. 

Y ahora que he vuelto a escuchar el latido, el tiempo me pide que me despreocupe, que respire, tregua para mis palabras exhaustas. Una especie de vacación para mis tormentas y mis fantasmas. Sólo conjugo la palabra justa que me impida caer de nuevo, la acuno, la balanceo hasta que consigo decirlo todo con un sencillo silencio, lástima que no siempre sabemos leer los silencios. Y he vuelto a escribir cuando lo he necesitado para remontar el vuelo a pesar de no ser capaz de levantar los pies del suelo. Me arriesgué trazando curvas peligrosas en busca de amores rectilíneos en carreteras secundarias. Me he contado cuentos y a veces me los he creído.

Hoy tengo las ideas en oferta y un cuaderno de rebajas. 

Pero a veces miro hacia atrás y releo lo escrito, y en cada texto me intuyo como si un cristal esmerilado reflejase mi imagen, y siento vergüenza, pudor y hasta culpabilidad. Me convertí en un poeta mediocre, de esos que nunca rompen sus malos poemas, y mi cuaderno en una especie de diario incompleto que mostraba de mí más de lo que yo imaginaba. Vergüenza como si estuviera desnuda en un escaparate a la vista del mundo, con el alma derramada mostrando mis miserias y mis miedos. Y culpable por haber fingido, por haber jugado al escondite con las palabras. Por haber mentido. Hoy confieso que nada de lo que he escrito es cierto, y sin embargo todo es verdad. Representante de un papel, una fingidora que en medio de tanta mentira no podía ser más sincera. Esconderme detrás de las palabras ha sido la manera más eficaz de encontrarme. Me he dado en cuerpo y alma sin necesidad de traducción. Soy yo, sin trampa ni cartón.

Y es ahora cuando me doy cuenta de que todo se me ha confundido en la cabeza, nada es ficción pura pero tampoco realidad objetiva. Los sentimientos se han reído del momento y del tiempo, se han reído de mí y han salido a flote cuando les ha dado la gana. Qué difícil seguir la línea del sendero sin hacer ninguna concesión. 

Probablemente escribir sea todo esto, una mezcla de realidad y ficción, te asomas por entre los renglones, y a pesar de llevar siempre una máscara, no deja de ser tu baile de disfraces.

Ahora tengo la certeza de que todo el que escribe sobre algo acaba por encontrarse de bruces consigo mismo. 

Quizá por eso, a veces escribo.


Nota: El texto ganó el primer premio del III Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

martes, 20 de septiembre de 2016

MAYO Y LLUEVE


                                                                     siete años de blog




                                                                                
 Mayo y llueve. Un tiempo desmandado que se ríe de los calendarios, un regalo para los que amamos el invierno a mediados de la primavera, un día de manta, café y libro.
            Frente a mí todo se conjura para que la inspiración fluya como gota de aceite que dibuja una a una las lindes de las baldosas que piso: la lluvia desorientada sombrea el paisaje tras la ventana, y un pájaro, siempre el mismo, deja su insistente trino sobre la baranda de mi terraza.
          Un día perfecto para escribir a pesar de mi torpeza, porque tengo la sensación de estar inmersa en un instante eterno y ni siquiera escuchar la lluvia sobre la ciudad vacía  hace que no me cueste empezar.
Mirar hacia la nada, dejar abiertas de par en par las puertas a los sentidos, sacar a la superficie el envés de mi corazón, abrirme y dejarme salir, respirar hasta por la yema de los dedos. Desparramar a mis pies vísceras y alma… y prestar a un teclado negro e inhóspito algo de lo que siento.
A veces me aferro a la tristeza como tabla salvadora, me demoro en los jardines marchitos, recuerdo los restos del desastre. Hablo con las sombras, quito la razón a los fantasmas, y mientras escribo me empeño en llorar como si esa afición fuera a durar para siempre. A pesar de todo intento huir del regodeo en viejas heridas que oprimen y ahogan y  no te dejan salir a flote, de llorar las lágrimas ya lloradas, incluso de las risas ya reídas. La vida no nos perdona que nos dejemos arrastrar por el fango del pasado, que malgastemos ese tiempo que nunca volverá, que se agota y no se compra.
Que insistamos en vivir lo ya vivido.
Pero qué poco sobre lo que escribir cuando se vive una felicidad sencilla aunque quebradiza, tranquilo con uno mismo y con todo lo que te rodea, cuando sólo nos altera el pensamiento la sensación de que en cualquier momento todo puede cambiar a peor. Porque sí, de vez en cuando, la mente me traiciona con esa idea y me la emborrona con trazo gris, como un rayo que rompe el cielo de mi sosiego, trayendo ese posible minuto que todo lo puede cambiar sin esperarlo y sin poder poner remedio.
La lluvia sigue cayendo sobre los tejados tras mi ventana. Qué de veces he deseado una lluvia de esas torrenciales que me llueva por dentro arrastrándolo todo a su paso, pero al final sólo siento que ando con goteras en el corazón encharcándolo todo.
Pasa el tiempo y el cielo sigue gris, cerrado y espeso como mi inspiración. Noto que las metáforas huyen de mí como las golondrinas de esta lluvia tozuda empeñada en arrastrar el polvo de las aceras hasta el útero de las alcantarillas. Quizá sea allí donde rebuscar para encontrar la palabra precisa, la frase perfecta, lo que nos inspira pero desdeñamos porque sabemos que nos hiere, como cuando llenamos un cajón de recuerdos que somos incapaces de tirar, porque al fin y al cabo forman parte de tu vida y hacen que seas tú y no otro, pero que queremos olvidar. Todo está allí, tan olvidado como presente, odiado y amado a partes iguales, en el trastero donde se acumula todo lo que hemos sido, lo que nos ha pasado, incluso lo que hemos idealizado de nuestro pasado.
Y sí, ha sido mucho lo disfrutado, lo sentido, lo llorado, pero es ahora, con muchos años sobre mi espalda, cuando me doy cuenta de que ha habido momentos, situaciones en las que  no he sido capaz de tirarme al barro con todas las consecuencias, y claro, me arrepiento. Hoy daría marcha atrás a mi reloj vital, y os aseguro que jamás volvería a desperdiciar mi tiempo en discusiones banales con personas de ésas que te restan energía y te agotan las ganas. Abrazaría mil veces más a mi padre o pasaría cientos de ratos más  charlando con mi madre sobre lo divino y lo humano, o sobre recetas de cocina, qué más da, cualquier cosa que nos mantuviera conectadas a cada instante. Gastaría las horas muertas de mis tardes en juegos de mesa con mis hijos, o me tiraría al suelo de la risa como una niña más con ellos, haría más veces de payaso para verlos reír hasta que el tiempo y la edad me hicieran parecer más bien una payasa intentando la complicidad de dos adolescentes.
A veces me embarco en ese tren de la memoria que me trae casi sin querer un regusto dulzón en la boca del estómago. Todo parece idealizado haciendo pasar por cierto el dicho de que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero yo ya sé que esa afirmación tiene poco de cierto y que lo que hoy vivo me parecerá lo mejor de lo mejor mañana. Es por ello que últimamente ando empeñada en estrujar al máximo cualquier momento que vivo. Sé que no me perdonaría con el paso de los años no haber sido capaz de aprender a vivir de tal forma que sólo me arrepintiera de haber hecho algo y no de no haberlo intentado.
Miro por la ventana. Lluvia, viento, oscuridad…, no sé qué significa esto, si hay que hacerle caso a las señales o un buen corte de manga al universo y continuar mimando a las musas. Conviene no olvidarlas durante tanto tiempo.
El día se pliega y la noche poco a poco se va recostando a mi lado y una triste bombilla da algo de vida a los objetos de la habitación, aún no he perdido la esperanza y tal vez también ilumine estas piezas que tengo dentro y que no dejan de moverse buscando su lugar en mi cabeza, lo mismo que las hojas húmedas que un despiadado viento se empeña en arrastrar por las aceras mojadas. O quizá deba esperar a que pase el temporal, recibir al sol que de tan alto nos deslumbra, dejarme llevar por la magia de los días que vendrán. Será el momento de abrazarse a los árboles, de saltar las hogueras y quemar en las llamas lo viejo, lo que no sirve, lo que nos frena, lo que nos impide. Será tiempo de escribir deseos que se harán realidad, palabras que se transformarán en vida y nos resucitarán de las muertes cotidianas, independientemente del tiempo atmosférico.

Y escribir, escribir para que todo sea cierto.




Nota: El texto ganó el primer premio del II Certamen Literario Antonio Pérez Oteros de la Fundación Francisco García Amo de Nueva Carteya, y a ella pertenecen todos los derechos. 

lunes, 29 de agosto de 2016

29 DE AGOSTO




                           A mi padre, en su onomástica y por su cumpleaños.

 La madrugada a veces es mi amiga, me derrite un muro de mantequilla y noto las cosquillas de tus canciones en la caracola de mi oído. Abrazas mi cintura y bailamos un vals recorriendo los pasillos, un dos tres, un dos tres, y vuelta a empezar. La distancia se acorta, la luz brilla por debajo de una losa, y las frases me vuelven a querer.

A veces la madrugada no me ama, busco tu mirada sanadora y sólo la encuentro en las fotografías. Acerco a tu cara mi tacto indeciso y el frío me devuelve al silencio de tu boca. Una vez más la danza macabra de la muerte me obliga a bailar con el fantasma de la realidad.

domingo, 10 de abril de 2016

TAL VEZ...



“Si sabes adónde vas y qué harás, lo más probable es que termines sin saber quién eres.”
                                                               Andrés Neuman “El viajero del siglo”







Tal vez...

Busco una tranquilidad que me es esquiva, el tiempo se me escapa y me asfixia, se me anudan las entrañas con el alma y me agotan el oxígeno.
O me atrapó un sinfín que me sube, me sube, me sube hasta el azul… y me estrella contra el asfalto con alevosía muda y traicionera. Sé que mi carrusel es de mentira, una ilusión volátil y efímera, pero me aferro a la barra de mi caballito porque sólo en su vaivén paso de puntillas por este tiempo tacaño y escurridizo en estado narcótico y ausente.

Tal vez…

Olvidé que en el envés de mi latido existe una primavera donde brotan las palabras ahítas de emoción y a quien tira con fuerza de mis raíces tozudas y otoñales para devolverme a ella. Esquivo las bofetadas que profanan las lindes de mi morada más íntima, apago mis pupilas a la interrogante luz de una retina ávida de respuestas, defiendo mi fortaleza contra las indirectas directas al centro de mi frágil corazón parapetado tras el acero.

Tal vez…

Hay alguna señal de regreso, pequeñas pellizcadas en la boca del estómago. Quizás algunas palabras andan revolucionadas por salir de entre mis dedos. O sólo son trazos vacíos, lágrimas ya lloradas, risas ya reídas, sentimientos sentidos, emociones contadas. Grafías huecas, sin sentido y sin por qué. El eco de lo pasado.

Tal vez…

Todo vuelve a ser.


domingo, 15 de noviembre de 2015

MEJOR IMPOSIBLE





                                                
                              “Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad”
                                                                                                               Gladiador

 No sabría explicar, o quizá sí, por qué mis mejores viajes los hago siempre en el tren de la memoria; y heme aquí en uno de esos recorridos que poco a poco me llevan a desandar mi vida en blanco y negro. Hoy pienso en mi tío Antonio, y quiero que el viaje me lleve al primer recuerdo que tengo con él, cierro los ojos y retrocedo, lentamente, haciendo paradas en tantos y tantos momentos que disfruté a su lado, hacia atrás, un poco más, más…, y todos los intentos me apean siempre en el mismo lugar, la huerta. Veranos, Navidades y celebraciones, muchas celebraciones en familia; a nadie vi disfrutar tanto con esos pequeños detalles que nos regala la vida, una copa de vino, una tapa que lo acompaña, una broma, el beso de un ser querido, como a mi tío Antonio, y para ello tenía una pareja perfecta, su cuñado Adolfo, mi padre. Créeme si te digo que mi tío no se retiraba de la paella, y por ende de su cuñado, copa va, choricillo viene, y una copa más, y risa, mucha risa. Para disfrutar de la reunión el mejor sitio era donde estuvieran ellos a pesar de la diferencia de edad. Era impresionante la cantidad de anécdotas que contaban de “aquellos tiempos”, ninguno tenía hermanos varones, así que se hicieron ellos mismos hermanos y se querían como tales.

Creo que de ellos aprendí que para ser feliz sólo hay que saber sacar el jugo a todo lo que nos rodea, por simple que sea. Que todos los problemas tienen una solución a la que siempre se llega si en ello pones tu empeño y trabajo.

Mi tío Antonio no era un tío más, además de ser un miembro de mi familia era alguien a quien admiraba de verdad, era mi mejor maestro y créeme, he tenido muchísimos a lo largo de toda mi vida estudiantil, y aunque siempre sentí que sus clases eran amenas y muy muy muy provechosas, es ahora, en mi edad madura, cuando soy plenamente consciente de todo el bien que me hicieron sus métodos de enseñanza, su empeño en la correcta ortografía, su amor por la literatura y su afán por inculcarlo. 

Recuerdo su cara de orgullo al comprobar en una de esas reuniones familiares y de amigos que yo, alumna suya, aún recordaba el autor de muchas obras que los que no habían pasado por sus clases ya tenían olvidados. “Trabajo cumplido” decía su gesto. 

Quién dijo “lo breve si bueno dos veces bueno”, dónde colocar las haches en la frase “ahí hay un hombre que dice ¡ay!”, ¿acento o tilde?, …y las Rimas y Leyendas de Bécquer… uf, qué cantidad de cosas aprendimos gracias a él. Y qué bien nos hizo ese cuaderno de redacciones en el que no sólo dejábamos nuestros pensamientos, nuestros gustos, nuestros sentimientos, sino que también nos sirvió como una herramienta básica a la hora de construir frases con sentido y correctas desde el punto de vista de la ortografía. Supongo que tendría algún defecto como maestro, ¿quizá que hablaba en un tono muy alto?, no sé, quizá, por decir algo, porque lo que para unos es un defecto, para mí no lo es ya que prefiero el tono alto al susurro endormecedor en clase.

Sigo el viaje en este tren de la memoria, los momentos se sobreponen unos a otros y me dibujan una sonrisa casi sin querer. Mi tío era un negado para la cocina, no sé si alguna vez llegó a freír un huevo, eso sí, disfrutaba de la comida a pesar de su mujer, mi tía, que le avisaba de los excesos de la sal, de la grasa, del alcohol, del azúcar… Tampoco era un manitas para las cosas de la casa, lo recuerdo escoba en mano barriendo el “llanete” de la huerta y créeme, barrer no era lo suyo.

Poco puedo contar sobre sus quehaceres como político, todos sabemos de su compromiso desinteresado para con su pueblo, de su entrega incondicional y por supuesto de su honradez, no se puede dar más, no se puede pedir más.

Sé que sus amigos eran legión y eso no todo el mundo lo puede disfrutar, para ello debes estar hecho de una pasta especial.

Avanzo en mi viaje y lo veo en una cama de hospital, qué mayor se va haciendo, pero cómo conserva esa actitud cariñosa de siempre, cómo agradece la visita, qué ganas de reponer fuerzas y salir de allí para volver a casa con la familia, a charlar con algún amigo por el paseo, para seguir participando de los días festivos y de todos los actos culturales que ofrece Carteya, eso sí, bien vestido de chaqueta y corbata, “qué guapo estás tito” y él agarrándose el nudo de la corbata “a que sí sobri”.



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